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“Los Objetos: el domicilio de las cosas” por Sergio Rojas

27/03/2010

“Levanta un momento la vista, mira la pared, ve la etiqueta pegada en ella y, con voz queda, pronuncia la palabra ‘pared’. Lo que en este momento no podemos saber es si está leyendo la palabra escrita en la tira blanca o si sólo se refiere a la pared propiamente dicha.”

Paul Auster: Viajes por el Scriptorium


El enunciado del título, “El triunfo del realismo III”, es portador de la interesante ambigüedad que propone esta exposición en la que el montaje es un recurso significante fundamental (aquí las pinturas se deben al montaje mismo como obra).—-

En efecto, ¿no ha sido acaso la realidad aquella prepotente dimensión de la existencia en medio de la cual lo humano construye su habitar? Construir un mundo al abrigo de las significaciones implica, además de protegerse de la excesiva inmediatez de lo que no he imaginado todavía, dar un domicilio reconocible a las cosas, hacer que éstas -como objetos- respondan no sólo a la secreta fatalidad de la materia, sino también a los nombres que les asignamos. Nos pasamos la vida laborando en ello. Mientras haya sujeto, lo real no llegará a inscribirse, pero, al mismo tiempo, la existencia del sujeto no es otra cosa que ese trabajo. Ser sujeto es trabajar en la inscripción de lo real.

El desarrollo del arte contemporáneo se ha hecho legible desde la crítica a la soberanía disciplinante del sujeto moderno, y en esa dirección nos hace todavía herederos de la idea de que la obra de arte lleva a cabo un trabajo de des-construcción sobre la trama representacional de la realidad cotidiana. Considerada de esta manera, la obra de arte expone el artificio, el trabajo estético y de simbolización del sujeto en la construcción de los imaginarios en los que habitan los individuos. En suma: el arte trabaja en la desnaturalización de las formas de significación y reconocimiento que cruzan la existencia.¿Cómo se inscribe el realismo pictórico de Felipe Cooper en este itinerario?

Habitar humanamente significa hacerse lugar en medio de la anónima gravedad de la materia. Podría decirse que la estética del “realismo” en la pintura (cuyo rendimiento es, como sabemos, muy distinto al del sentido político del realismo narrativo en la literatura o al “deconstructivo” en el teatro) hace de esa insoportable anterioridad de las cosas un objeto de contemplación. ¿Sobre qué triunfa el “realismo”? Triunfa sobre la realidad de las cosas, trayéndolas desde su silencioso reposar “en sí mismas” hacia el espacio bidimensional de la pintura, pero también inaugurando un espacio formal de percepción tramado subjetivamente, en que los objetos parecen relacionarse entre sí. En la pintura realista los objetos resultan puestos en escena, tramando visualmente una relación entre ellos.

Podría pensarse que en el realismo pictórico la mirada del artista se ha sometido puntualmente a la realidad de las cosas, y por lo tanto lo que vemos del sujeto en la pintura es ante todo el oficio, el trabajo de admirable correspondencia entre el ojo y la mano, orientados por la presencia muda de las cosas allende la tela. Sin embargo, el realismo no es la sola “repetición” de aquella presencia ensimismada, porque en el cuadro las cosas alcanzan una condición de objetos que no tienen en su silencioso reposar en sí mismas. El objeto es el lugar que el sujeto dispone para poder asistir a las cosas, porque nos encontramos con las cosas sólo en la medida en que las re-conocemos: A = A. Todo lo que habría de inédito en el mundo, al ingresar en la finitud de la experiencia posible debe someterse al régimen de esta tautología. ¿Qué queda propiamente de la realidad del objeto, si éste sólo puede ser aprehendido en ese después que sería constitutivo de la re-presentación? Pero ésta produce el efecto de asistir a la presencia de los objetos antes de ser trabajados simbólicamente por la subjetividad (nada más extraño que un realismo metafórico, por ejemplo).

Ahora, en el realismo objetual de Felipe Cooper, todo ha sido sacado fuera de sí, todo se ha “objetualizado”, incluso el espacio entre los distintos elementos, y entonces el efecto es que cada cosa parece estar en su lugar. Esta especie de disciplinamiento escénico de las cosas (como si se tratara efectivamente de una escena, detenida en el instante inmediatamente anterior a la ejecución del primer movimiento o a que se escuche la primera palabra) no es el modelo de la pintura, sino un rendimiento de ésta. Basta que el artista se proponga la repetición de la situación encontrada, para que ésta resulte en una composición, como si aquella contuviese un diagrama al modo de un palimpsesto. Porque en el realismo pictórico la gravedad material (que en el espacio newtoniano es, como sabemos, físicamente la misma para todos los objetos) de las cosas parece igualarse con su gravedad visual. Precisamente porque, dispuesta en el cuadro, la situación -incluso aleatoria- de las cosas se manifiesta como el lugar propio de cada uno de los elementos, la representación exhibe un peculiar sentido estético del equilibrio, como si las cosas se hubiesen dispuesto desde sí mismas en la pose del modelo.

En sentido estricto, la obra opera como una intervención que al mimetizarse con la sala misma, hace de ésta el “objeto” privilegiado de exposición. Es decir, se pone en cuestión la diferencia entre el cuerpo de la obra y el cuerpo del soporte, pues los límites de aquella no coinciden con los límites del soporte bidimensional de las pinturas. La obra es esa oficina “fuera de sí” que, habiendo devenido el “original” de su reproducción en una sala contigua, ahora nos detiene en una escena insólita, a distancia infinita del drama de la vida humana, acaso acercándonos más bien a su carácter de comedia. No se trata de hacer decir algo a las cosas, sino, al contrario, de avocarnos a la contemplación de esas cosas que, articuladas funcionalmente como objetos entre sí, parecen desde siempre darnos la espalda en silencio.
El carácter referencial de la pintura realista se encuentra aquí alterado, pues las pinturas ocupan el lugar de los objetos que “representan”. ¿Pero acaso no ha sido siempre su propia representación el lugar de las cosas? ¿No sabemos siempre de las cosas recién a partir de los objetos que les prestan domicilio? ¿Qué es, pues, el realismo en esta obra de Cooper?
Las cosas están en el lugar de la representación, pero ésta se encuentra ahora en el sitio que esas cosas ocupan cotidianamente. Los objetos (escritorio, sillas, computador) se encuentran literalmente en el lugar de trabajo: una oficina como cualquier otra, en la Universidad. ¿Qué aspecto tienen las cosas antes de que las percibamos? “El triunfo del realismo III” ironiza ese afán del sujeto por anticiparse a sí mismo, generando el inquietante efecto de que las cosas tienen antes de manifestarse el aspecto que exhiben cuando ya nos hemos ido. Escena sin espesor narrativo, exhibiendo el anónimo soporte de los hábitos e inercias cotidianas. La pintura ha detenido el tiempo de uso y desgaste que se ha adherido a los objetos, pues éstos exhiben aquí un cuerpo de uso y disponibilidad.
“El triunfo del realismo III” nos enfrenta a la ruina que no veremos: el permanecer de los objetos más allá del horizonte en el que tienen o tuvieron sentido. Las cosas como objetos quedan.

Sergio Rojas
(Filósofo, Departamento de Teoría, Facultad de Arte, Universidad de Chile).


Texto que presenta la exposición El triunfo del realismo III en Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, Sala Nemesio Antúnez, 2007.

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